jueves, 19 de febrero de 2015

cuando tengo que escribir en femenino

Llegó a la casa cuando tenía la mitad los años que hoy cargo yo. Era una niña quizás, una niña-mujer, de esas que crecen a golpes del viento un caparazón externo que les recubre la liquidez la infancia. Fue para mí una madre, quizás, pero madre es una palabra dura. Prefiero llamarla hermana, con esa dulce cadencia que tienen esas tres sílabas. Hermana mayor. Mi hermana. Más allá del salario y los feriados, de la esclavitud contemporánea y de la crueldad clasista que juntó nuestros rumbos, desde entonces fue mi hermana.

Una vez me dejó, y yo no pude entenderlo. Fue mi primer duelo. Mi única desparecida. Pasaron los días, como las lágrimas y los silencios, como los rostros de nuevas mujeres, a veces amigas, a veces extrañas, ninguna nunca más hermana.

Yo le lloré en las noches y le escribí poemas, versos de niña que iba mutando en adolescente, de susto que iba mutando en desconcierto, espera en rabia, rabia en resignación. Hasta que un día volví a preguntar por ella, sabiendo que encontraría la misma respuesta. Y la encontré. Pero entonces dije que quería buscarla. Más que buscarla, en el fondo quería encontrarla.

Creo que atravesamos un par de provincias. Dimos con su madre, la de útero y sangre, y nos mandó donde su madre, la de comal e infancia. Yo fui con mi madre, que era también la suya, y con otros seres que no vienen al caso. Esta vez atravesamos montañas, cerros rugosos para ser exactas. Yo sentía el magma del centro de la tierra en mi panza. Vomitaba hacia adentro. Me ahoga en ansias. Y la encontramos, cerros y ríos y horas después. Como en un cuento, como si el tiempo se hubiese detenido en una de esas novelas del romanticismo latinoamericano que leía en el colegio y detestaba. Ahí estaba, con su pelo largo, volteándose despacio hacia el carro, mostrándonos el paso de los años por su rostro, y de las lunas por su vientre.

Lloramos. Todas lloramos. Y fue como intentar explicar lo que todas sabíamos sin entenderlo. No hacía falta, como no hacían falta las disculpas. El amor es esa luz dorada que se filtra por una puerta abierta.

Y así pasan los años, y nos siguen marcando la piel y las canas, y crecen los abismos entre nuestros puentes, que lo soportan todo, sin que lo sepamos.

A mi hermana antier casi la matan. La tomó el machismo por el cuello y lo estrujó con fuerza hasta dejarla sin aire. El patriarcado se ensañó contra sus contornos, y los golpeó iracundo, como queriendo que se le reventaran. Fluyó su sangre. Lo manchó todo. Y sus gritos llegaron normales a los vecinos. Sus plegarias buscaron un dios que no sé si existe. Rogó por su vida, suplicó un instante de aire, un suspiro, una oportunidad. No quería cesar de ser la madre de sus hijos. Rogó por ser madre, ni siquiera por ser viva. 

Escapó. Tuvo suerte. No lloramos hoy su nombre entre la triste lista anual de femicidios. Pero la lloramos. Lloramos su dolor, sus heridas, sus lágrimas, el miedo que tiene de volver a casa, la vergüenza de las marcas que ahora carga, la angustia ante las preguntas de su hijo, el tono dubitativo de sus manos cuando la misógina vuelve a mensajearla. 

Su hija no quiere ver más al padre. Se lo dijo con más ímpetu del que yo hubiera logrado. Es apenas niña, más joven de lo que era mi hermana cuando llegó a mi casa. Ella también ya es una niña-mujer. Y yo, no puedo más que llorarlas. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

hacerme el muerto

Es la quietud, la impávida quietud, la gravedad, todo empedrado, congelado con la mínima tibieza que aguanta la carne. Es la quietud, intrépida, rotunda, impenetrable, la calma artificiosa y obligada, la respiración que apenas toma del aire lo mínimo, el ínfimo bocado que hace vida, apenas para seguir sin moverse, apenas para parecer la muerte, quieta, sólida, irrevocable, plácido descanso de las sienes y las carnes, plácido placer inexistente, tan falto de dolor y de pasiones, de ojos y de mano exploradora, tan falto de ese saco de ilusiones que buscan sin saberlo la caída, que desembocan siempre en el ocaso, si es que desembocan, si es que llegan a ser río, a ser agua, a ser algo más que un vapor pre-nube, un saco de planes sin cronograma, de sueños malcontados y difusos, de guiones con finales predecibles.

Es la quietud, la mirada fija en un punto irrelevante, la tensión del músculo para sostenerse inmóvil, la esponja cerebral al pensamiento, las ganas contenidas de dormirse, la respiración disminuida, disimulada y corta.

Es la quietud de pretender la muerte, la oscura placidez de no existirse. Morir no es lo mismo que estar muerto. Morirse no es lo mismo que la muerte. Morir es la caída en ese abismo, el vértigo fugaz, incontenido, orgásmico, caótico, salvaje, instante vuelto vida y su contrario.

Es la quietud como la muerte, como la muerte, como una muerte postiza es la quietud.  

jueves, 7 de noviembre de 2013

Y viceversa

La curva donde encuentro tu mirada, atenta, ávida y llorosa, pendiente de cada destello, de cada movimiento de pestaña, de la dilatación profunda del iris, de la distancia blanca a rallas rojas. Yo. La curva donde encuentro tu mirada, fijada en el destino de la mía, así desde el costado indirecta, descolocada, mirándome las penas sin mirarme. Y vos. La curva donde encuentro tu mirada, el desencuentro afín al descontento, el punto ciego exacto de mis lágrimas, los llantos que no ves en mi memoria.

lunes, 12 de agosto de 2013

Vomitando mis privilegios

Playas del Coco, Guanacaste. Un tipo camina ebrio por la calle. Se acerca a otro tipo, este sobrio, que está junto a su carro. Hay un breve intercambio de palabras, el ebrio sigue su camino tambaleante. El sobrio abre bufando la cajuela de su carro, saca un bate de madera y bajo la mirada atónita de decenas de transeúntes, corre detrás del ebrio que ha avanzado unos 15 metros. Lo alcanza frente a una tienda y lo embiste por la espalda con toda su fuerza. Lo lanza de un batazo al suelo, donde lo sigue golpeando hasta reventarle la cabeza. La acera se llena de sangre. Mujeres gritan, turistas observan espeluznados. 

Yo corro hacia la escena sin saber muy bien qué hacer. Hay decenas de personas que se alejan o miran desde lejos como si se tratara de una escena de televisión. Una mujer irrumpe en el caos y le pide a gritos que se detenga: “¡Es un ser humano, es un ser humano!” El tipo ladra de vuelta: “¡le advertí que no se me acercara!” Esta mujer, sola frente a una multitud de ojos expectantes, consigue detenerlo. 

El tipo regresa bufando, pasa frente a mí sudando su machismo a chorros, mientras el otro yace en el suelo, manchando toda la acera con sangre. Me tiemblan las manos con nauseas, tengo el pensamiento borroso. Le pido a mi compañera que me dé su teléfono. Poco puedo inventar fuera de mis privilegios. Sigo al tipo.

Lo alcanzo frente a su carro y le tomo una foto. Mis manos siguen temblando. Mi compañera me grita que fotografíe la placa, rápidamente lo hago. El tipo se percata, se vuelve con furia y me amenaza. Yo lo miro a los ojos, le huelo la rabia, y me reconozco en absoluta desventaja. No necesita el bate para matarme, bastaría la fuerza de sus brazos gruesos, un empujón, un puño, para quebrarme esta fragilidad de mi cuerpo. Y me asusta, claro que me asusta, pero no retrocedo. En cambio, saco de no sé dónde la tranquilidad más insolente que encuentro, y le respondo casi susurrando: “pégueme, hijueputa.” 

El tipo me mira a los ojos y en un par de segundos comprende. Se vuelve violentamente, entra en su carro y arranca, rápido, furioso y testosterónico, dejando marcas de llantas en la calle, como si la sangre del otro intoxicado no fuese suficiente desplante de su hombría. 
Mis manos me siguen temblando. Tengo ganas de vomitarme la vida. El tipo sigue en la acera sangrando, los gringos espantados y curiosos, parejas de turistas nacionales moviendo con reprobación sus cabezas: “qué mal está este país”. Muy mal, está definitivamente mal, cuando un hombre le revienta la cabeza a otro en una calle concurrida, y ustedes no mueven un dedo para ayudarlo. 

La mujer valiente lo levanta, mi compañera pide hielo en un restaurante, mientras yo llamo al 911 y pido por la policía y una ambulancia. La comisaría está a 200 metros, pero hubiese llegado primero una pizza. Voy a buscarlos, cuando al fin llegan ni siquiera quieren anotar el número de placa del agresor. Pasa el tiempo, la ambulancia sigue ausente y se va pintando de rojo la banca sobre la que espera con resignación el tipo que ahora tiene un nombre y una historia: Julio, un nicaragüense indocumentado, trabajador y habitante de este pueblo costero.

De regreso voy pensando en las náuseas que me embargan. Pienso en Julio, en todos los julios y julias que habitan este planeta. Pienso en el macho furibundo y armado, en su mirada poderosa e imponente. Pienso en mis manos que aún tiemblan, en la fragilidad de mi cuerpo débil, y en mis fortalezas. ¿Por qué ese tipo no me golpeó, por qué no se lanzó sobre mí con un bate como se lanzó sobre Julio? Mis privilegios. Este tipo no era un loco, era un macho arquetípico, un prototipo de hombría y colonialidad que reconoce su lugar de poder y desde ahí impone su dominación. 
Esto es lo que en ese instante comprendió. Mi miró de arriba a abajo, probablemente vio mi ropa, las tennis que llevaba, el teléfono en mis manos, las llaves de mi carro que colgaban de mi bolsillo, y hasta el color de mi piel... Me miró y sin tener que decirlo escuchó en mis palabras esa invitación. Supo que en el fondo yo quería que me pegara. Leyó el lugar de donde salía mi insolente tranquilidad. Comprendió lo que en el fondo yo también sabía: que si me tocaba se pudriría en la cárcel.

Mis privilegios. La violencia es asquerosa en todos sus costados, pero a mí me resulta insoportable en esa intersección donde se cruzan los sistemas opresión en sus múltiples variables. Esa es la razón por la que hoy tengo todos mis dientes, mientras Julio tiene una fractura en el cráneo. Y así seguirá este macho jugando al beisbol con la cabeza de seres indeseados. Sobran en el mundo los Julios-sin-apellido. Después de todo, a quién le importa un nica indocumentado.

♫ cause if you close your eyes…


sábado, 1 de septiembre de 2012

yes


respiración tardía, indispuesta y malhumorada, ensayo de reniego que ni a eso llega, apenas un suspiro solapado, un imperioso deseo de silencio, un imposible, un anémico reclamo, la intrépida contradicción del cuerpo, las ganas de estar vivo y de estar muerto, el golpe siempre ausente y necesario, el golpe que podría ajustarlo todo, el tiempo, los vacíos, los huecos que van quedando entre la carne, las horas, las tantas horas, los bordes carcomidos y olvidados, la voz que suena otra cuando suena, los dedos que en ninguna parte caben, la mente, la colmena, el triste sacrificio interrumpido, los órganos sobreviviéndose golpeados, los ojos sin destino, la saliva, la fuerza incontrolable e innombrable, la vida, las paredes y las ganas, eso que llaman sueldo, los horarios, todo lo que está descolocado, los vicios, las rutinas, el color, los cementerios, los árboles floreando en contratiempo, las lágrimas sin nombre, las que no fluyen, las suicidas que se explotan contra un whisky, las manos y las letras recortadas, las palabras que no calzan en los versos, los versos que no calzan en los libros, los libros que no calzan en la vida, las vidas que no calzan en los cuerpos,  los cuerpos que no calzan.

lunes, 27 de agosto de 2012

pre

golpes, frenos y moretes, toda la piel verde, enrojecida, vuelta un trapo seco que se empapa en llantos, en llantos rutinarios de vacío, de eternidad fugaz que aprieta el cuello, que duele como el hielo hasta adormecrme, cada fragmento de la piel cede sin tregua, cada centímetro de carne, todo dormido, todo impedido, como un molde que es apenas eso: molde, contenedor de vómitos y formas, de fluidos corporales sin aroma, de un palpitar sin nombre y sin registro. como un cuerpo, como un molde que dibuja mis contornos, como ese absurdo ser que a veces era, que a veces soy cuando recuerdo ser, como si todo fuese cierto, real, tangible, como si todo fuese vida y todo muerte, muerte como su absoluto opuesto, muerte como aquello que no existe más, muerte y vida en sólido binario, como si no existieran puntos medios, como si no hubiese nacido muerta, como si fuese más que fluidos en un molde, como si fuese algo, como si fuese yo, como si fueras vos aquella compañía tan letal, como si fuésemos alguito más que hormigas, algo más que fantasmas, fantasmas habitados por fantasmas en un incontrolable despilfarro de imposibles, de cuentas por pagar, de aborto diario, de sueños solitarios sin retorno, de viajes que se saben acabados, de hoyos que se duelen sin nombrarlos, de lágrimas y fluidos vaginales, de ríos, de sexo a tientas y amoríos, de estorbos en el ano y en la sangre, de gritos no gritados, de reclamos, de todo aquello que hubiese existido, de todo lo que ya no pudo ser, de todo lo que he sido y lo que he hecho, de este fantasma tuerto, de este cuerpo sin sangre,  de esa cicatriz abierta, corrompida, de toda la cordura desbordada, de tanto autocontrol torpe  y edulcorado. 

sábado, 11 de agosto de 2012

me sobraron tantas cosas (...)



no sé cuánto habrá pasado desde cuando te leía
nunca quise darme cuenta que no era idea mía...
Memorias del olvido, NTVG



Nunca tuve sus promesas, solo apenas aquel hilo de su inspiración. La conjugación instantánea de sus verbos, el color pálido de sus distracciones, la mirada abierta, las palabras desbordadas, lloviendo como disculpas mudas, impronunciables, anticipadas, anticipando el torbenillo ciego, aquel que lo arrasa todo, aquel que ara el terreno, los suelos transformados en trincheras, las trincheras en las que crecen tímidas las malas hierbas. Yo nunca tuve sus ojos, tuve sus líquidos dedos, sus dedos líquidos, derretidos, sus manos vacías de mañana, tan llenitas de ahora y de siempre, de para siempre antiguo, artificioso y cáduco, de parasiempre rotundo, cínico e inescapable. Yo apenas tuve su huída, su pedagogía escapista, sus mentiras, la placidez liviana de sus labios, el triste despertar de sus mañanas, la noche padecida en otras camas, sus labios tan calientes y tan tibios, la triste lucidez de su garganta, sus párpados cerrados por derribo, las lágrimas hoy libres como el agua

jueves, 19 de julio de 2012

Sao Paulo me resulta caminable


Solo faltaba la música. Bien, faltaban muchas cosas: la masa digerible en el estómago, el alcohol en la venas, el humo en los ojos. Pero bueno, digamos que no faltaba nada. Los pies como hormigas trabajosas, como serpientes ciegas, arrastrando camino y destino, escupas, historia, puntitos de polvos diversos, de piedras molidas, de aceras gastadas. Caminaba y sin parar pensaba, esta ciudad me resulta habitable, me resulta odiosa, con sus pitos necios, sus mendigos friolentos, sus calles escupidas, sus escupas secas, las caras de desconocidos incontables, sus vidas todas desperdigadas, los contrastes que hacen torcer la tripa, la falta de silencio, los versos y gritos de paredes, la gente tan perdida y absorta, la gente, las aceras, los semáforos. Esta ciudad me resulta amigable.
Camino y me adentro en un parque, le creo la mentira de sus copas, el cielo despejado pero frío, el ruido de motores en mi espalda. Hay poco que pudiese yo ofrecerle, apenas si consigo caminarle, soy como un pez pequeño sin cardumen, un pez exactamente sin cardumen.
Cambié por dos libros mi almuerzo, dispuse mis dedos al frío y tarareando en mi cabeza las canciones, dibujé sobre la planta de mis pies sus ríos, sus calles hipotérmicas, sus cruces, cada relieve absurdo que mis pies tocaban, la gente aglomerada en las esquinas, los carros tan feroces como perros, la ausencia de sentido en todo aquello, en todo esto, en todo lo que toco y lo que existo, tatué su nombre entero en mi libreta y con un entusiasmo humilde resolví que bien podría vivir aquí.
La música falta para opacar los carros. Los libros sustituyen la comida. La astucia resuelve la cerveza y la solidaridad sopla aires calientes en las sienes. No se equivocaban las canciones: no existe la vida en otro lado. La vida es siempre esta que cargamos, con piel, con sangre y forma autobiográfica, esta que es el molde de existencia, la casa irrenunciable de la infancia, las letras imborrables de la historia, la nausea atravesada en la garganta, los ojos sin destino y si retorno, las manos tan vacías como siempre, los pies con cosquilleos irrelevantes.
Bien pienso que podría vivir aquí. Esta ciudad me resulta caminable.

miércoles, 20 de junio de 2012

ahí donde no se ve


“quizás elija mil veces
el mal camino”

Sin tiempo, con futuro más que incierto, con el sueño rasguñado por alambres, manchado con tinta, desnutrido y absorto, con el sueño desprovisto de almohadas, de ventanas calientes, de aires rugosos. Con el tiempo amoratado y roído y con las manos rotas, rotas de tanto usarlas para escarbar el viento, como ratones con necia vocación suicida, buscando placidez entre una muchedumbre, buscando abrir las zanjas de la hidroponía de vida, abrirlas con las manos, con los dedos carnosos, sintiendo entre las uñas el ardor de la nada, de ese imposible certero hacia el que con alevosía saltamos, el ardor y el dolor siniestro de un vacío absoluto, rompiéndonos la piel, las pestañas, los besos, el dulce olor del cuerpo rozando otro cuerpo, rompiéndonos la muerte más acá de la vida, rompiendo como olas de espuma inexistente, en silencio y griterío, en perforación rotunda, rompiéndonos los sesos, irrigándonos por dentro, dejándonos las manchas de tizne transparente, las pintas sin relieve en todas las paredes, dejándonos el eco de un suspiro aspirado, de una risa seca, de una esperanza fundida… 

Y entonces desde esta nada en la que sumergimos los dedos, en ese espacio vacío que impertinentes sembramos, en este hueco sin fondo tan falto de luz y de exilio, cerramos con insensatez los ojos robándonos la oscuridad ajena, cerramos y miramos con sabiduría ciega la vibración de tonos del espectro, soltamos, pues, carcajadas audaces, abrazos imprudentes, amor en borbotones, soltamos las voces, los cuerpos, las ganas de explotar y de expandirnos, soltamos nuestros labios insolentes, los ríos que nos fluyen desde adentro, las aguas, las mareas, el mar, los torbellinos, el dulce terremoto que nos parte las entrañas, la falta de asidero y de camas propias, liberadas, soltamos nuestros cuerpos, soltamos las amarras, soltámonos al viento y llovemos en trémulo aguacero irreverente, aguacero escandaloso hecho de múltiples gotas, aguacero que llueve colectivo, imparable, incorregible, temerario y unísono. 


"Voy a tener que aprender a vivir otra vez…"
Calamaro



martes, 22 de mayo de 2012

tuenitú

22.05.12
cumpleseven

El pavor frente al olvido es desgarrante, es un abuso tóxico de esperas, de rígida quietud que intenta, ilusa, guardarse para sí la vida entera. Mi piel, sin cicatriz alguna de tus labios, sin rastros de tu paso por mi cuerpo, insípida, inocua, inconjugable, perdida de tu luz y de tu sombra, mi piel que ahora no es más la que encontraste, que ahora no tiene más las huellas de tus huertos, de aquella flor nacida y renacida, de todas las semillas no sembradas, de flor de chile dulce y jacaranda. Mi piel que va perdiendo tus raíces, mis raíces que se aferran a otros suelos. Quise tatuar tu nombre en mis dedos, como queriendo conjugarte para siempre, como si pretendiera así existirte, grabarte en las paredes de mi lecho, morirte y cada día resucitarte, ofrecerte mi tacto, es decir mi vida, mi amor, mi olor, mi llanto y mis placeres. Quise tatuarme tu nombre en los dedos, pero no cabe. Y no quiero llevar tu nombre a medias. Lo quiero entero. Entero que no es igual que intacto. Así lo llevo, tatuado en cicatrices transparentes: tatuado, que es decir escrito en carne; cicatrices, que es decir que no se borran; transparentes, que no es lo mismo que decir inexistentes. 

martes, 15 de mayo de 2012

desatino


desatino
lugar donde conjugan las palabras, lugar donde encuentran techo aquellos seres adversos que ocupan nuestros cuerpos. un borde que dibuja el silencio, el límite feroz del desencuentro, la plácida caricia que no existe, el dios sin nombre, el imposible acuerdo de dos almas. la vida, y eso que llamamos muerte, la voz que marca ecos indisolubles. hay tantas cicatrices en las carnes, tantas que se van endureciendo, secas, rojas, transparentes, como tejiendo un velo, un abrigo robusto, un cuerpo-otro. somos un rejuntado de experiencias, un puño de maletas inservibles. somos la carne, el saco y quien lo carga, somos la espera incauta de la nada, somos la piel, el beso, el sin retorno, la clara lucidez difuminada, las ganas de correr y atragantarnos, las ganas de morirnos con los muertos, las ganas de escapar de aquel destino, la insuficiente paz que dan las ganas. somos, soy, ser-conjugado, una existencia inversa o algo descolocada, ser, más que estar, ser y existirse, involucrarse, nombrar, lanzar el ancla, despilfarrar el tedio en pleno desatino, y ocupar un lugar, un cuerpo vivo, un nicho funeral anticipado, un trecho con bordes desdibujados. 

lunes, 7 de mayo de 2012

acrónimo


mala aquiescencia, lumbrada, ilusa sombra, oscura resistió. montes aquellos, lisos, intrépidos salientes, ordenado resplandor. mente aturdida, lenta imperfecta, sedienta, occisa resquebrajó.  miente, asustada loca, imposible siquiera otra razón. mucho aprendiera, lastre insolente, sinuosa otrora renació.

y no.









y a veces sí, no queda más que asumir la derrota y soltar, y a veces ni eso. morderse la punta de los dedos, cual si fuesen uñas, y soltar. comerse el tiempo, enfermar de pega, vomitar. a veces poco menos que eso. encontrarse, revelarse, descubrirse en tal estado de desposesión, no tener nada, nada que ofrecer al mundo, nada con qué defenderse, ni enemigos enfrentables, ni quimeras, ni siquiera leña húmeda para fracasar. a veces pesa poco el cuerpo y la hélices de flores no son ni siquiera sueños, ni siquiera besos, no llegan ni a recuerdos tiernos, son apenas eso, un trío de palabras sin tejido ni pegamento, son las letras sueltas, escritas con amor incierto en un cuaderno, con amor incierto, como un amor muerto, escritas y leídas tarde, y leídas nunca, inexistentes, jamás pronunciadas, muertas, desmembradas, palabras, letras, versos, cartas escondidas y olvidadas, la desesperación cebada, el desacato, el desaliento tibio, el gris cansancio. la vida sin lugar, sin orificio, las ganas de hibernar todo el verano, el púlpito sin roces, sin jadeos, la vida acumulándose en la orilla y vos, cumpliendo sin quererlo, trabajando. 

viernes, 4 de mayo de 2012

mai


Casi todas las flores se han caído, pero quedan algunas. Los rastros, el brillo desteñido de una primavera falsa, tibia, imaginada, el contorno exiguo, las manchas en los años, la sonrisa seca, simple, sincera, el tenue resplandor de antiguos goces. Las hojas, ahora frescas y verdes y locuaces, las hojas monumento de la cotidianidad. Todo pasa aunque jamás nos pase. Todo pasa.

Las flores, resistencia absurda de adoquines trasnochados, las flores, banderas de ausencia. Casi todas se han caído en mayo. Pero algunas quedan.

martes, 20 de marzo de 2012

transparencia


18.3.2012
Nos topamos de pronto en un sueño. No te estaba buscando pero hace días te extrañaba. No recuerdo la ropa que llevabas ni el largo de tu pelo. La última noche dijiste que querías cortártelo. Pero ahí estabas, vos, tan siempre y por siempre vos. La misma cara, la misma escucha, la magia justa con que te escapabas. Intacta y sin embargo nueva. Exacta y sin embargo otra. Hablamos, yo quise sostenerlo cotidiano. Dijiste poco, vos, solo escuchaste y devolviste sonrisas y miradas. No hubo papadas ni advertencias fuertes. No hubo reclamos. Fue como casi siempre, o como siempre.

Tenías algo nuevo, sin embargo. Tus manos, que ya no son tuyas, tus ojos, tus labios gruesos, tu frente, tu color, tus pecas sueltas, todo estaba tornándose transparente. No desaparecías, vale decir, te trasparentabas. Tu cuerpo, que ya no es tu cuerpo, iba tornándose viento, destello de estrella lejana, agua; tu cuerpo, conforme vamos soltando, va convirtiéndose en ese que será en adelante tu cuerpo, el tuyo, el que elegiste, el que inventaste de golpe contundente. Tu cuerpo traslúcido y secreto, íntimo y apenas conocido por tus gentes. Tu cuerpo hecho de besos y de tristezas dulces, de algún suspiro tenue y desbordado. Tu cuerpo como el lente de unas gafas, puestas con amor sobre los ojos, y nosotros, con los ojos emocionados y nerviosos, mirando ahora la vida con tu presencia en la ausencia, mirando ahora el mundo teñido todo con tu fosforescencia. 

sábado, 10 de marzo de 2012

Vulnerabilidad


Vulnerabilidad. Encuentro humano. Colisión sincronizada de los cuerpos. Arte y oficio de detener el tiempo. Arte y oficio de hacerlo correr. La vida entera hecha de carnes y de besos, los dedos ciegos, las piernas rieles, la sangre amotinada en las mejillas, el cuerpo desdoblado y desaparecido, fundido en gotas tersas y salvajes, el cuerpo en el desorden de los cuerpos, vulnerabilidad sagrada, quebrantamiento último de las ansias, las ganas todas, intrépida codicia, el cuerpo derretido y embarrado, revuelto de formas con sustancias mancias, el cuerpo comprimido, introyectado, temblor que surge apenas de su centro, el cuerpo hecho una masa de tensiones, más bien un punto, un punto que se extiende en espirales, caleidoscopio humano girando con fervor sobre sí mismo, un punto desbordándose hacia adentro, inundación fatal e implosiva, temblor de antiguas fiebres suspiradas, saturación sublime, choque violento, licuefacción de pieles fluyendo lengua abajo. Vulnerabilidad. Abrigo humano. Colisión sincronizada de los cuerpos. Arte y oficio de reinventar el tiempo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Cabello

Más que telar, un remolino, el vértigo plantado y florecido, curvas sinuosas, curvas líquidas, moviéndose sin prisa con el viento, un río de aguas negras y brillantes, mis dedos como rayas, aves de agua, hundiéndose en piscinas desbocadas, enredación, tejido de largos hilos negros y de carne, la piel comprometida en el desorden, dislocación continua y coordinada, mi cara sumergida, mi aliento, mi nariz, boca empapada en secos ríos de fragancias innombrables, olores de emociones desbordadas, inundación táctil, textura y catarata. Más que telar, un río, un turbio remolino, un negro oleaje.

martes, 28 de febrero de 2012

c a r d u m e n

quiero paz
dame paz
toma paz
sueño paz

quiero paz
dame pez
toma paz
somos pez

martes, 21 de febrero de 2012

pez

Abrir la boca en gran bocado y devorar. Devorar la vida. Devorársela. Sentir el tacto con labio y mandíbula, la presión en los dientes, las mejillas rojas, los ojos cerrados, los dedos perdidos, los labios ansiosos, las encías sedientas, la voz sin palabras, la piel de volcán. Un sabor caliente de color rosáceo, un sabor ser vivo, ser y palpitar, la boca extendiendo sus esquinas rojas, deshaciendo filas y altas tempestades, conjugando tonos y síncopas antiguas que hechas piel despiertan en viscosidad. La lengua ferviente, febril y  caliente navegando curvas como olas del mar, nadando furiosa como un pez sin cama, como un pez perdido que no puede dormir. La lengua leyendo en la carne el braille, leyendo la historia de la humanidad, la lengua dispersa y absorta y borracha, y cada vez más carne que intenta descifrar. Mi boca queriendo comerse la vida y la vida necia déjase comer. Sus curvas oscuras, nocturnas trincheras, y la boca urgiendo donde descansar; descansa entre vuelos y nados salvajes, como un pez sin cama nadando hasta despertar. 

y…



9.2.12

♫ tal vez elija mil veces el mal camino
voy a tener que aprender a vivir
otra vez ♫
Calamaro


Mi muerta sigue estando muerta, mi amor sigue sin respirar. Volver a casa y cada esquina la encuentro limpia, y cada paso que me lleva hacia ningún lugar, vuelvo a encontrarla derretida, eufórica, desordenada, el viento fresco con aroma a hierbas de calidad, aquí la espera me parece eterna, y ahora sin prisa al fin tengo músculos para correr, doblo la esquina y de golpe un árbol florecido, me topo el mágico milagro que un día fue un puñal, y qué hacer con este feto de sonrisa, con este esbozo de mensaje que no llego a consumar, no queda más que estallarle un beso al aire, murmurar su nombre acuoso y sacrosanto, y mirar las flores para que las vean sus ojos, para vernos sin vestidos una vez más, regalo de la tierra que lleva su aroma, sus ritmos, sus palabras y mis ganas de gritar, no queda otra que besar al viento y sonreír, ocupar su espacio que dibuja un silencio y murmurar su nombre y seguirla viendo, ahora desde adentro, y respirar profundo con nostalgia dulce y seguir sonriendo y sonriendo amar.