Las cosas raras suceden desde hace una semana. (Ah, por supuesto que ha durado mucho más de una semana, pero a estas alturas no vamos a ponernos a mendigar el tiempo. Yo la llamo semana, quizás con el afán de que así se me pase más rápido, como si con esa palabra pudiera erguir un límite, con 6 torres hechas de letra minúscula y una muralla de espacio intravocablo que no es igual que el espacio que separa mientras une a todas las palabras. Yo me empeño en llamar a este tiempo semana, y puede que sea pura rebeldía añeja, o quizás sea más bien pura superstición. No lo sé. El punto es que esta ha sido una semana plagada, más bien plagadísima de cosas extrañas.)
domingo, 14 de septiembre de 2008
Algunos sucesos varios de esta semana
con especial antidedicatoria a los científicos involucrados
en el gran colisionador de hadrones
en el gran colisionador de hadrones
Vamos a ver, sería imposible mencionarlo todo. Yo tuve un viernes terrible, donde se me pegó un heraldo negro al cual me cuesta demasiado trabajo distraer. Y todo fue sucediendo. No pudimos escupir nuestro reclamo en los muros del colegio de psicólogos. El gobierno mexicano con sus normas estrictas nos va arrancando lentamente el porvenir. Faltan salarios, faltan empleos y posibilidades, muchos, bastantes dólares, y kilómetros de kilómetros para llegar allá. Luego una borrachera insolente que culmina en robo y resaca, y yo sin un solo cinco para comprarme un fresco debajo de aquel sol. La distancia que en cariño es más larga que en la tierra. Y en la noche blasfemia y más blasfemia, y cae el peso de ese gordo que debe ser dios, arrancándole a una distante pero en fin querida desgraciada: el bulto, el celular, la computadora, y la dinámica familiar. Y al día siguiente sobra una pastilla, y los moteles se rebasan de asalariados en día de pago, que alardean sus sueldos, sus portones abiertos, sus carros con rápido arrancador. Interrupción de domingo con desayuno tranquilo, con montañas silentes, fotos, besos, contracciones y cosquillas. Pero en la noche volver al hastío de mi desorden, y leer la amenaza de un final repentino y desgarradoramente mortal. Y ese final que logro apenas esquivar rebota y cae sobre ellos, sobre ella, que solamente quería querer. En Guápiles nos pasó encima un tornado, un tornado de a de veras, como los que se ven en la tele. Y se fue la luz, y se nos metió el agua. Al día siguiente conversación con imposible retorno, y apagón inducido que me toma por sorpresa, como todos los otros. Un día después un viejo desempleado que alucina insiste en recalcarme que me ha crecido la boca y que mis ojos se hicieron pequeños, brillantes. Y unos días después ritual que nos sostiene, humo que es mejor que oxígeno, papas, cervezas, patacones.
Y como ya me duelen los sesos de tanta cronología, voy a escupir lo que queda a como salga y a como caiga: Gata, madre de cuatro, atropeyada con pata quebrada, y la otra, madre de tres, muere con la tripa retorcida por culpa de la estética hormigada de algún viejo burgués y cabrón. Aparece una nube-arcoíris en cielo, preciosa pero escalofriante, completamente artificial. Los carros se atraviesan por las calles, se mueren las personas como en juego de dominó, bolsitas psicodélicas desaparecen en segundos, igual que las llaves maya que luego encontramos entre los calzoncillos de mi hermano. Y Esteban dice que en el registro de vehículos en Costa Rica se puede averiguar sobre buques. ¡Buques! Y hoy ya es domingo (pero eso poco importa), y el desayuno de hoy funcionó como masaje de espalda otra vez (por dicha). Carlos viene de Boruca, y puede que traiga chichas (de la buena y de la mala), y quizás mañana podamos realizar otro ritual. Y esto, todo esto, esta semana, sucede mientras un grupo de hijueputas acelera partículas en la máquina más grande jamás construida, allá bajo las fronteras francoparlantes. Dicen que podrían acabar con todo, con todos nosotros, y que nos tomaría no más de 3 segundos desaparecer. Yo no le creo a nadie pero los culpo de todo, de absolutamente todo lo que está sucediendo. Y con las fuerzas que me quedan tras esta semana de mierda les grito con mi teclado: ¡Me cago en el gran colisionador de hadrones, en el bolsón de Higgs y en la partícula de dios!
Mis compañías de esta semana
con dedicatoria especial para 5 desgraciad@s,
ya sabrán ustedes quienes son
ya sabrán ustedes quienes son
No sé cómo la vida reúne en una semana como esta a tantas personas como nosotras, nosotros. No sé cómo revuelca un bolsón de desorientados (cuya energía negativa, les aseguro, triplica la del afamado bolsón de Higgs), y enreda nuestras derivas una y otra vez hacia el mismo punto de naufragio. No lo entiendo, como tampoco comprendo nuestro necio empeño en separarnos. Ha de ser otro de esos misterios de la vida, como el mágico funcionamiento del VHS, o la brujería que hace mi carro cuando escucha Super Radio.
Pero a ver, intentemos ubicarlo: Nos juntaron las luchas, las ganas de escaparnos a tierras valientes en noviembre, el odio compartido hacia algunos personajes (en espacial un tipejo con la quijada gigante), internet, los aerosoles, las cervezas, las papas, el humo blanco espeso. Nos juntaron los besos, las noches de canciones cursis en karaoke, la compañía en soledades, las lágrimas que postergamos, el odio a la psicología, la falta absoluta de rumbo, y el cariño, y el cariño. Nos juntó la vida, y sobre todo los meses, en momentos en que nada más podía atreverse a existir. Nos juntaron estas y otras situaciones, como juntan los semáforos a los peatones en las esquinas. Pero nos unió algo más que pura casualidad y hastío. Nos unió la tristeza innata que a todos nos conforma, que nos fluye en la sangre y se nos sale en estornudos, y ese dolor socialmente aprendido que impregna nuestras sonrisas. y así entonces tropezamos unos sobre los otros, y nos reconocemos las caras cuando nos tragan los agujeros negros. Todavía, de vez en cuando nos sorprende encontrarnos, chocando frente con frente en medio de un bochinche chino. Algunos aún reacios a mirarse, alérgicos al peso de las manos vacías. Otros, temerosos pero finalmente resignados, emprendemos la absurda tarea de construir encuentros. No por masoquismo, ni por necedad pandereta. No. Simplemente por cariño, y por sangre-tristeza, y porque se necesitan dos voces (y no voces cualquiera, sino voces dolientes) para reírse del chorro de infortunios y ausencias, para poder alcanzar ese arcoíris facial que pocos conocemos: ese que ocurre cuando las lágrimas brotan de entre los párpados, resbalan por los pómulos y caen sobre los labios, que mientras tanto dibujan, contra todo pronóstico, una sonrisa.
Nosotros esta semana
Vos y yo logramos esquivar petardos cósmicos. Al menos esta semana ha sido así. Claro, nos han pegado los rebotes, los fragmentos de piedra-calamidad recién explotada, que ardiendo humean la piel cuando nos tocan. Y por supuesto, cada quién por su lado ha recibido unos cuantos ganchos de la vida, y un par de patadas en las manos y en el corazón. Pero sobre todo arrastramos el cansancio a cuestas, la soledad tramposa que a veces brilla de orgullo y a veces de nostalgia, la frustración ante el futuro que aún no se nos acerca, y la incertidumbre, esa vieja glotona que quiere comérselo todo.
Pero ves, con todos los paquetes y maletas añejas, con mi tecleo rutinario y tus largas tareas, con todas las desgracias de esta semana fustigante, nos quedan algunas mañanas de domingo, y otras cuántas noches-cualquiera regadas entre los días de insomnio. Y mientras llueven protones y desgracias aladas, sacadas del mismísmo bolsón de Higgs, nosotros nos tocamos y seguimos vivos, palpitantes las carnes, entrelazados los dedos, humildes las miradas que no piden castillos, ni alfombras, ni trompetas, no piden más que un intervalo tibio y cotidiano, un intervalo cortaziano donde el joder de la vida se posterga, y espera afuera del cuarto.
Pero ves, con todos los paquetes y maletas añejas, con mi tecleo rutinario y tus largas tareas, con todas las desgracias de esta semana fustigante, nos quedan algunas mañanas de domingo, y otras cuántas noches-cualquiera regadas entre los días de insomnio. Y mientras llueven protones y desgracias aladas, sacadas del mismísmo bolsón de Higgs, nosotros nos tocamos y seguimos vivos, palpitantes las carnes, entrelazados los dedos, humildes las miradas que no piden castillos, ni alfombras, ni trompetas, no piden más que un intervalo tibio y cotidiano, un intervalo cortaziano donde el joder de la vida se posterga, y espera afuera del cuarto.
Yo en esta semana
Creo que no conozco cosa más frágil que mi fe, comparable únicamente a mi cuota de esperanza acumulada en la vida. Y sin embargo me cuesta tantísimo rendirme, sobre todo en las batallas a todas luces perdidas. Claro, que en una semana como esta las fuerzas se agotan casi por completo. Y entonces a estas alturas se hace difícil concretar mi usual insolencia, y reclamar con rabia las injusticias del día. Me quedo saboreando fragmentos de grito en mi boca, fragmentos agrios y demasiado pequeños, que no lograron formarse ni siquiera en quejido, pero tampoco se disuelven y entonces se concentran espesando mi saliva. Me encuentro sentada con la mirada esquiva, sin dirigirla hacia ningún lugar específico, pero en definitiva a la espera. ¿De qué? Aún no lo sé, pero como he decidido dejar de retar a la vida (al menos por unos días), hoy estoy convencida de que vendrá más, de que esto no acaba. Confiar en la calma futura es convocar a los heraldos negros, invitarlos. Creer que todo ha pasado sería entregarse al flagelo iracundo del dios de los ateos. Yo no lo hago. No confío ni creo, pero hoy tampoco me defiendo. Me siento a esperar que lance la vida sus escupitajos, y no hago siquiera el más mínimo esfuerzo por esquivarlos. ¿Qué más da? A veces triunfa el cansancio, la cobardía, la derrota, el ácido láctico que arratona el corazón. Y entonces miramos con los ojos hinchados, y ofrecemos saludos con las manos espinadas. Respiramos hondo, muy muy hondo, e intentamos retener los aires entre las venas y la carne. Ah… Al fin terminamos soltándolo todo en medio de un suspiro que más bien parece bostezo.
Yo respiro de nuevo, cansada y mareada, respiro profundo mientras sigo sentada en este acto de esperar.
Yo respiro de nuevo, cansada y mareada, respiro profundo mientras sigo sentada en este acto de esperar.
martes, 2 de septiembre de 2008
Carros atravesados por todos lados
Hay carros atravesados por las calles de Tibás, y por las calles de la vida, pareciera, al menos de las nuestras. Carros que no deberían estar ahí, o que al menos no suelen estarlo. Hay carros atravesados con sus luces apagadas, o con sus luces intermitentes color naranja, parados en media calle o en lugares extraños, como si quisieran decirnos algo. A veces pienso que son un augurio de estas muertes que nos cruzan, de los destinos fugaces y las despedidas pendientes que ya ni siquiera postergamos. Pero quizás son sólo carros que se atraviesan por los caminos, sin ningún otro propósito que atravesarse. O quizás llevan adentro gente que, como nosotros, carga a cuestas sus heridas, sus ojeras y algunas sonrisas pálidas; gentes que se han cansado de vagar por calles frías, y que han decidido pararse donde puedan, donde sea que hayan llegado. Gente que espera atravesar la noche, aunque sea ahí, en media calle, casi como deseando que sea la noche quien les atraviese. Gente que ocupa carros vacíos, algunos un poco más llenos, que se detienen sobre el camino sin intentar moverse.
Hay carros atravesados por las calles de Tibás, y en todos lados.
Hay carros atravesados por las calles de Tibás, y en todos lados.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Es un dios cruel, este Cortázar
son mejores sus palabras que las mías:
El Futuro
Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle, en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado, ni en el gesto
de elegir el menú, ni en la sonrisa
que alivia los completos en los subtes,
ni en los libros prestados ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes o una blusa.
Me enojaré, amor mío, sin que sea por ti,
y compraré bombones pero no para ti,
me pararé en la esquina a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré los sueños que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles y de puentes.
No estarás para nada, no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.
El Futuro
Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle, en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado, ni en el gesto
de elegir el menú, ni en la sonrisa
que alivia los completos en los subtes,
ni en los libros prestados ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes o una blusa.
Me enojaré, amor mío, sin que sea por ti,
y compraré bombones pero no para ti,
me pararé en la esquina a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré los sueños que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles y de puentes.
No estarás para nada, no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.
(J.C.)
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