- ¿Y usted ya no escribe, Marisol?
Pues… escribir, escribo, todo el tiempo. Informes, avances, recuentos de problemas, tablas, cifras, estadísticas, listas de pendientes que ya no lograré hacer. Pues sí. Escribo con ojos abiertos.
Pero bien, lo cierto es que no escribo hace tiempo, sí, no me llega el cosquilleo a los dedos. Quizás se me han secado las letras, no sé. Quizás sea sólo el cansancio. Hace tiempo.
viernes, 5 de marzo de 2010
humo en los ojos
a veces me duelen los ojos, como hoy. pero no creo que se deba al reciente descubrimiento de mi ceguera en potencia. no sé, al menos no es sólo eso. me duelen como un ardor muy molesto, como esta falta de verte y este exceso de sobra. duelen como duelen las muelas, estable pero perpetuo, y me hacen llorar.
* el lapsus de mi sombra me obliga a dejarlo aquí.
* el lapsus de mi sombra me obliga a dejarlo aquí.
lustros
2005: ¿Dónde se ve usted en cinco años? No tengo idea, yo qué sé? ¿Trabajando? En algún postgrado, no sé, afuera seguramente. falta mucho, demasiado, yo no sé. No sé.
2010: ¿Dónde estaba hace cinco años? ufff, no sé, no logro recordarlo.
2010: ¿Dónde se ve dentro de cinco años? Con vos.
2010: ¿Dónde estaba hace cinco años? ufff, no sé, no logro recordarlo.
2010: ¿Dónde se ve dentro de cinco años? Con vos.
miércoles, 3 de marzo de 2010
orejas
Sus aretes se enredaban en mi pelo, casi siempre. Como si sus orejas fuesen la parte de su cuerpo que desde siempre quiso aferrarse más a mí. Como si supieran desde aquel momento el destino ajetreado que íbamos a correr. Yo de aquello recuerdo algunas cosas, otras, la mayoría quizás, las he ido perdiendo en callejones, en las vueltas abruptas que he girado, o en el tiempo, o en polvo, qué sé yo. Pero bien, recuerdo lo esencial y lo importante: el dolor, el sueño, el grito, las manos, la sonrisa y los silencios.
La sequía, el torbellino ya pasaron, mis aguas son más tibias y sinceras. De aquello me quedan sólo sus orejas, su escucha infalible y temblorosa. O bien, qué sé yo, me quedan las letras que escalan una pantalla, más de un centenar de carcajadas, los abrazos honestos, el llanto, los viernes, la amistad florida sin la que no vivo, y bueno, yo qué sé, me queda el amor que muta sin hacerse chico.
La sequía, el torbellino ya pasaron, mis aguas son más tibias y sinceras. De aquello me quedan sólo sus orejas, su escucha infalible y temblorosa. O bien, qué sé yo, me quedan las letras que escalan una pantalla, más de un centenar de carcajadas, los abrazos honestos, el llanto, los viernes, la amistad florida sin la que no vivo, y bueno, yo qué sé, me queda el amor que muta sin hacerse chico.
jueves, 19 de noviembre de 2009
de aniversarios y otros eventos
para Oventik y sus desconocidos
Un año que a veces parece la vida. A veces termina siéndolo. Yo apenas guardo el sabor de esa sonrisa periférica que me acompañó tres días, el exquisito oxímoron que provocaba el viento helado golpeando mis dientes y encías, secando insistentemente mi saliva sin que mi boca cediera un instante esa absurda bandera que había logrado encontrar. La sonrisa, mi estado natural durante tres días, y sus réplicas que circundaron semanas, con una mueca menos insistente pero igualmente absurda, la anticipación del encuentro, como un niño que espera dormirse para engañar al tiempo cuando no quiere cooperar, las secuelas, las huellas hondas, la sed que provoca un brevísimo instante de saciedad; mi sonrisa, pegajosa y molesta, más sabrosa que nunca, hace apenas un años, la vida, el dolor, las esperas, la vida, como siempre, se nos vuelve a escapar.
Hace meses que no escribo. Casi tres, o casi un cuarto de vida, que es lo mismo. No tengo respuestas ni excusas, tengo dos manos lisas, sin heridas ni cayos, apenas cansadas de tanto tecleo y con las uñas rotas. Pienso en el 11 de noviembre. Ese día en que nacimos justo a la medianoche, en una fría plaza universitaria, esa noche que nos parió enteros, ya adultos y conocidos, ya enredados e incrédulos y hartos. Yo cargaba algunas latas en mi maleta y un bolso con chucherías para aguantar la espera. Carlos tenía una boina y Esteban tenía frío. Vos llevabas libros que luego venderíamos a precio de golosinas, y llevabas también una sonrisa, como la mía, sonrisa de recién nacido.
Al otro lado del mundo la luz ya era día y cansancio y ella tecleaba y miraba videos, miraba en su pantalla la deshojación de un árbol virtual, más triste que sagrada, más lejana que viva, y las flores que caían desaparecidas, como todo, como la nieve y las canciones que en voz de una niña nunca le deberían faltar. Desaparecidas las flores, los abrazos sinceros, el beso de su compañero, las flores, los encuentros, los sabores latinoamericanos, el tiempo, el reloj.
Hacía ya un año de aquella gestación caótica en que los tres, cigotos apenas, mezcláramos nuestras lágrimas con gotas de otros fluidos en un compartirnos juntos que nunca terminó de crujir. Hacía un año de temblores, de rotundas contracciones, un parto dilatado y asqueroso que por poco nos asfixia justo antes de nacer. Y ahí, ya adultos-recién-nacidos, ya viejos-jóvenes heridos, en una plaza universitaria o en un hotel de lenguas sin nombre, todos moríamos de frío, o vivíamos de éste, al menos nosotros cuatro, que acabábamos de nacer.
Subimos a una buseta mágica, que a pesar de su absurda división geográfica prometía llevarnos hacia el destino espiritual que aún no conseguíamos imaginar. Ese lugar que creímos imposible, ver para creer, y hasta que estuviésemos allí no aflojaríamos nuestro iracundo ateísmo ni la desesperanza necesaria e inherente a la hidroponía. Aquel lugar, donde el frio era cálido y dulce, donde el sentido inexistente era la lógica que le daba el ritmo a la vida, ese lugar donde el color escala las paredes humildes y las pieles y las ropas, y nosotros, como niños, apenas podíamos tragar aire a borbotones, soltarlo luego en suspiros y sonreír. No nos mintieron nunca, todo aquel rito valía el boleto, las carcajadas molestas, las aves desproporcionadas y transgénicas, la pegajosa miel que la necedad nos embarraba, las esperas, los desvelos, la enfermedad del tiempo en Chococaneiro, todo valía la pena, todo era apenas lejano cuando llegamos allí.
Y ahora, un año, la vida entera, más de doces meses de vuelta, ahogados en la rítmica calma de la adultez. La vida cumplió un año y nosotros apenas nos dimos cuenta, apenas lo recordamos con abrumadora nostalgia, con desesperanza de vivos, con envidia de muertos. Yo tecleaba 9 horas sin descanso y deseaba impaciente correr hacia otra ciudad. Vos trabajabas sin derecho a recuerdos, sin espacio a otro intento por salir de acá. Ella frente a un monitor, sin flores ni deshojación alguna, sin siquiera nostalgias, en silencio absoluto extrañando a quien unas horas más tarde, quizás ya muy tarde, llegaría a abrazar. Carlos no encendía la vida, no enrolaba el mundo, ni llevaba boina, recordaba el día, el parto y la vida, y tejía otro sueño hacia aquel lugar. Esteban no moría de frío. Chiapas seguía existiendo. Nosotros apenas un año, nosotros adultos-recién-nacidos, perdidos sin vientos ni promesa alguna. Nosotros adultos-recién-nacidos sin tiempo ni vida para volver a nacer.
lunes, 31 de agosto de 2009
paraugas para unha espera
no hay nostalgia peor
que añorar lo que nunca jamás sucedió
- Sabina
que añorar lo que nunca jamás sucedió
- Sabina
Abre un paraugas Susana, aínda que non chova. Abre un paraugas e soña, pecha os teus ollos, imaxina o son das gotas, o cheiro do orballo cando cae sobre as herbas, imaxina unha cantiga burbullante, un sorriso no campo, un hórreo cheo de traballo. Abre un paraugas e espera, e mentres tanto respira, fala esta lingua que amas, as palabras que che espremen as bágoas, e espera. Chea unha cunca con viño e bebe sen présa, Susana, que o tempo é sempre egoísta. Abre un paraugas esta noite, como o abro eu cada mañá. Xa choverá na Galiza, Susana, xa choverá, e vas mollarte os pés, como se mollarán os meus.
jueves, 20 de agosto de 2009
t'enyoro
(a dedicatoria sobra)
“t’enyoro” me escribe Susana con su sagaz catalán. Dice que viene del latín ignorare, no saber dónde está alguien que se quiere. Me escribe desde una casa de ensueño, una casa de piedra encaramada en el monte, rodeada de bosque y campo y Galiza, una casa de abuelos con historias tristes, calladitas, tiernas, dormidas en la lengua como esa quietud de piedra que tímida levanta su espalda para sostener un techo.
Yo no ignoro donde está Susana, lo sé a medias. Estará en la casa de piedra leyendo un cuento de Cunquerio, o en el jardín, calurosa, tendiendo sobre una manta la cena que bajo el sol comerán. Estará en Ponteareas, o en Vigo o en Santiago, estará en el monte paseando con Danita, o refugiada del calor piedra adentro, intercambiando con Antón cuncas con vino e historia.
Susana está en el país de mis sueños, comiendo frutas de un huerto, llorando con la aldea el silencio. Yo la extraño y bien la añoro, añoro todos sus pasos cuando tocan la tierra que guarda de mis raíces los choncos. Pero no existe en castellano, Susana, como no existe morriña ni saudade. Cada lengua con sus sentimientos propios, cada lengua llora a su manera. Susana en el país de las tristes maravillas y yo en este callejón sin salida. Yo no ignoro donde está Susana, lo sé a medias y el resto lo imagino entre mis sueños. Susana está en la casa de piedra, y yo no dejo de repetir: “t’enyoro”.
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