hace días que estoy mordiendo paredes. o más bien dando tumbos, reventándome contra los muros blancos, estos que a fuerza de mirar y mirarlos por 12 semanas se están volviendo curvos, van perdiendo sus ángulos rectos, sus vértices fugándose en circunferencia interna, las líneas divisorias que no existen, la habitación vacía que me guarda tomando la forma de mis lágrimas, es casi un retornar a los inicios, concepción involuntaria obligatoria, un útero de concreto palpitante, mis manos desesperadamente gimiendo, cuatro paredes arqueándose hasta fundirse en una.
me estrello contra esta burbuja fría, estallo con todas las fuerzas que tengo, intento destruirla desde adentro, destruirme en el intento, a falta de tu cuerpo y tu silencio, de tus besos atropellando mis pasos, marcándome el sonido de mi tiempo como un despertador pueril y accidentado, cada paso un disparo, cada camino tu beso, cada viaje que emprendimos sin intensión de regreso y desde ahí, burbuja circular que nos estruja, pared, cuatro paredes blancas, un esférico abrigo autoinfligido, la cárcel que a dúo decoramos, Hogar Dulce Hogar siempre arrendado, nuestro cuarto y sus cuadros itinerantes, el alquiler que poco a poco fuimos habitando, al principio con dulce timidez de principiantes, y luego con la rabia de viejas amantes, de corazones borrachos escupiendo desordenadamente sangre, queriendo ocupar todas las horas, todo el día y el mes, la mañana, la noche y la tarde que alquilamos, queriendo hacer de aquel nuestro refugio, nuestra casa-colmena, el campamento frío y la fogata, el cuarto en el que siempre nos amamos. y ahora habitarte desde adentro, desde este otro lugar tan parecido, tan lleno de tus vicios y mis miedos, de tu sombra tranquila que flota en viaje astral sobre mi lecho. lo habito y no es sencillo imaginarlo, te busco todo el tiempo y me tropiezo, no quiero ya encontrarte en ningún lado, pero te encuentro, en cada golpe al aire que destapo, en cada exhalación suicida, en cada nombre propio femenino, en cada beso a medias sin destino. Y no podés juzgarme a estas alturas, ya sé que no te gustan mis reproches, no sé si vendrán nuevas cicatrices pero no puedo detener los puñetazos que lanzan contra la pared mis manos, cada día más flacas y resecas, pero empuñando, incansables, tu nombre.
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